En su último libro, John Grisham se olvida de los trucos del novelista de thrillers y pone todo su talento, que lo tiene a pesar de los bienpensantes nacionales que, como fariseos, se tapan la nariz ante todo lo que sea best seller que venga de los USA, al servicio de la narración de un caso real. El de dos hombres, blancos, condenados acusados por un fiscal blanco, declarados culpables por un jurado blanco y condenados finalmente por un juez blanco, uno a muerte y el otro a cadena perpetua.
Sin concesiones a los efectos literarios, describe minuciosamente cómo la necesidad de encontrar rápidamente culpables ante la presión de la opinión pública hace recaer las sospechas sobre dos hombres a los que en un momento de sus vidas: - un divorcio, sueños truncados de deportista- el azar les hace frecuentar lugares y amistades que permiten, tras la elaboración de pruebas falsas, confesiones conseguidas por medios de tortura psicológica (lo llaman en las democracias occidentales interrogatorios policiales especiales) y grandes dosis de amnesia por parte de todos, para que todo encaje que pasen doce años sometidos a toda clase de humillaciones, privaciones y en el caso de Williamson alalocura de saber que se acerca el dia de una ejecución por un crimen con el que no tuvo relación alguna.
El ADN los salvó, pero meramente la vida porque uno acabó cirrótico y loco y el otro retiradoal estilo del Candide de Voltaire, con miedo incluso a cruzr un paso de peatones no fuera infringiendo una mínima norma de tráfico y verse a la policía encima, aterrorizado para siempre.
No es el simple alegato sobre la pena de muerte y las fatales consecuencias de la injusticia irreparable. Tampoco una mera denuncia de la imposibilidad de la justicia para quien se ve impedido de medios económicos.
Es, sobre todo, una reflexión sobre quien detenta el poder, la estupidez criminal de la arrogancia del fiscal, que necesita, una vez embarcado en la acusación de una persona, que ésta le cuadre, a pesar de la abrumadora de pruebas en contra.
Son los oidos sordos del poder judicial a todo aquello que pueda representarle la mínima incomodidad siquiera sea ésta tomarse con un interés que vaya más allá de los caminos trillados la acusación contra cualquier ciudadano.
Pero es una situación calcada de lo que sucede en España, donde la rutina, la soberbia de algunos fiscales, el miedo a la opinión pública, el sometimiento a los dictados de los poderosos condena a hombres inocentes con la única prueba de la declaración de la presunta víctima, les priva del derecho de ver a sus hijos por una denuncia no contratada de malos tratos, imputa delitos sin las debidas pruebas concluyentes, envía a prisión preventiva a personas que se sabe jamás se hurtarían a la acción de la justicia, con el único fin de infundirles miedo irracional a ellos y a todos sus amigos o colaboradores y forzarles torticeramente a quebrar su entereza y voluntad.
Y es, sobre todo, la plasmación de que jamás ese fiscal lleno de soberbia y arrogancia, ese urado, ese juez, ese funcionario de prisiones, ni ese periodista, pedirán perdón ni esbozarán la más mínima petición de disculpa aunque hayan destrozado para siempre la vida de un ser humano en caso ser declarado inocente.
