No sabemos por qué, sexagenario entonces, pasó toda una tarde de primavera sentado en las escalinatas del palacio contemplando la lenta caida del sol sobre las tapias encaladas del convento y los propios muros pardos del recinto real. Quizás fuera el tono pastel que se apoderaba por momentos de la luz rosácea apenas rota por la pincelada negra de los vencejos. Que estuviera absorto en la luz es un mero suponer, y probablemente falso, porque de los pocos documentos a los que hemos podido acceder se desprende que Manolo Puente jamás pintó a la luz del día. Si acaso, cuando era estudiante, en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla. Pero en una entrevista amarillenta rescatada del ABC, marzo de 1980, afirmaba su desprecio por los pintores esclavos de las estaciones y de la alternancia de días y noches. Alardeaba - en aquellos años no estaba mal visto- de consumir más energía que todos sus colegas sevillanos juntos. Miles de vatios iluminando el estudio, focos minuciosamente colocados para no dejar al azar la más mínima posibilidad de sombra. Aparte de esa referencia, basta echar una ojeada a la foto de las pocas serigrafías que andan por ahí para que resulte más que extraño que dedicara tantas horas en una villa perdida de Portugal dejarse llevar por la parsimonia de la luz.

Ella me contaría mucho más tarde, apenas hace unos días, que le habló de Johnny Cash. Que siempre le había fascinado cómo un chico de un sitio perdido en la América profunda había conseguido, junto a unos amigos y a dos o tres visionarios de la producción, cambiar definitivamente los gustos musicales de millones de personas, y para siempre. Ella le había respondido que tenía un vinilo en su casa de Johnny, pero que nunca le llamó la atención, quizás su voz aguardentosa, quizás porque en aquellos años ella era una furibunda antiyanki y el country era lo peor de lo peor, el himno del enemigo – eso fue poco antes de la llegada del Boss que lo puso todo patas arriba, incluso a su cabeza-
Él le respondió que lo entendía, pero que la juventud también se cura y que al mes siguiente se iba a América y que se llevaría las litografías y los acrílicos y cuatro óleos de princesas y toreros hechos a su modo. Que se quedaría en Miami porque allí conocía a galeristas cubanos anticatristas. – Ya ves-, yo que bebí los aires con los del Equipo Crónica y me iba a comer a los cerdos imperialistas con mi pintura ahora amigo de Hermanos al Rescate.. – Y en cuanto coloque algunos cuadros cojo un greyhound y me planto en Virginia y pinto tras las huellas de Cash. que la Cash le había echado para atrás y le tarareó “Pocahontos”.
Ahora sé que de aquella canción lo que de verdad le cantó fue “Manolo Puente, Pocahontas and me”.